Una vida donada a Dios

Testimonio de Madre Pierina Guido

20170201_082543[1]Yo tenía sólo 7 años cuando me encontré con nuestras primeras hermanas que llegaron a Cosenza: la hermana Dorotea y la hermana María Cristina, que dieron la bienvenida a los niños en su casa a fin de prepararlos para recibir el Sacramento de la Eucaristía. Asistí de inmediato porque tenía que hacer mi Primera Comunión. Así fue que me preparé y fui acompañada de numerosas niñas hacia el altar para recibir a Jesús, a quien yo tanto deseaba. Me había tocado en el corazón la dedicación, bondad y ternura de las hermanas. La Santísima Eucaristía se celebró en la Iglesia del Santo Crucifijo de la Reforma. Recibido a Jesús, sentí una fuerte emoción y el corazón inundado con tanto amor de Jesús y oí susurrar en mi alma, con infinita ternura: “Tú debes ser toda mía”, dónde y cómo las monjas que me habían preparado. Feliz le dije a mamá y a papá que quería ser una hermana, se sonrieron conmovidos, me abrazaron y dijeron: “Todavía eres pequeña, tienes que crecer, ser buena y rezar”.
Con el paso de los años la vocación se hizo sentir cada vez más. Asistía todos los días a la casa de las hermanas y con ellas me sentía feliz. Nos estaban preparando con la actuación y el canto para la venida de la Madre Fundadora; conmigo también asistían a mis hermanas y mi hermano Franco. Yo tenía entonces 10 años. Revelé el secreto a la hermana Dorotea que yo quería ser monja y ella me dijo de aprovechar esta oportunidad para hablar con la Madre, contesté que me daba vergüenza y me dio un monólogo: “mi secreto a la luz”, para aprender y recitar, y fue lo que hice.20170201_082451[1]
La Madre escuchó con atención y abrazándome me dijo: “Eres demasiado pequeña, tienes que crecer, amar a Jesús y rezar, cuando tengas la edad de 15 años te recibiré con gran placer en Roma”. Yo estaba feliz y me conmovió la forma tan buena y  materna de la madre.
Llegada a la edad de 15 años, acompañada por la hermana Dorotea fui a Roma (era el 8 de mayo). A las 12.00 vino el Sacerdote para la Súplica a la Virgen (Una oración que se recita a la Virgen de Pompeya en Italia, n.d.t.) y yo me acerqué para recibir a Jesús.
Estoy en la Congregación con la edad de 91 años ya. Mi vida no ha sido fácil. A la edad de 25 años se ha presentado una oportunidad para abrir una misión; en mi entusiasmo juvenil me sentí como una segunda vocación: ir a un país extranjero y dar a conocer a Jesús y el Evangelio. Me ofrecierí voluntariamente porque sentí en mi corazón como una invitación de Jesús: “te has despojado de los tuyos, ahora despójate de tu tierra para ser completamente mía.”
En el año 1951, en noviembre, en un barco (Camporra) fuera de uso, con otras tres hermanas: la hermana Felice, la hermana Maria Stella y la hermana Guglelmina, desde Génova, me fui a Brasil. No se puede explicar las dificultades, las renuncias, los sacrificios, ni siquiera teníamos un hogar y sin medios, pero mientras que las otras estaban llorando, yo estaba tan feliz. Todo estaba bien para mí. ¡Es natural que también he sufrido! En un momento dado la misión estaba a punto de colapsar debido a las hermanas que, a causa de tantas privaciones, se enfermaron de tuberculosis y ofrecí mi vida para salvarlas con todo el ardor de mi corazón. Jesús me escuchó, me apareció un cáncer a los pulmones. Operada en San Pablo, me habían dado sólo dos meses de vida, pero después de las súplicas insistentes y adoración nocturna de las hermanas y las novicias (que tanto me amaban) me recuperé milagrosamente de los pulmones llenos de metástasis.
20170201_082425[1]He continuado a trabajar, por la gracia de Dios, yo he ocupado (a pesar de mi pobreza) muchos cargos: Superiora General 18 años; superiora local varios años; maestra de novicias; vicaria general y consejera. Puedo dar testimonio de que Él, el Maestro, ha estado a mi lado, haciendo todo él.
¡Ahora que lo pienso, me siento más y más pequeña e indigna de tanto amor! Desde mi corazón surgen acciones de gracia hacia el Dador de todo bien, pidiendo perdón de mi poca correspondencia.
Soy, sin embargo, cada vez más feliz de pertenecer a mi querido Instituto del Sagrado Corazón del Verbo Encarnado y si naciera mil veces, mil veces más, quisiera hacer mi total entrega a Él, mi sumo y único Bien.

Hna. María Pierina Guido